jueves, 26 de julio de 2012

Día Uno. Primera Parte: Bajar a tomarnos un helado


Al despertar esta mañana y luego de poner el primer pie en el piso, bajé los otros dos.  En ese momento me percaté de que algo no andaba bien, primero que todo, no recordaba muy bien lo que había pasado la noche anterior, el factor de no hallar mi billetera ni mi pantalón, también había que darle importancia al hecho de que originalmente tenía dos piernas y nada explicaba a la tercera... de hecho ni siquiera la sentía  y eso era demasiado frustrante. ¿De qué me servía tener tres piernas si una de ellas carecía de funcionalidad? Pensé que podría servir como una broma cruel en un baño público, pero lo complejo de volverla a meter en su sitio me llevó a tomar esa idea y dejarla en la lista de las malas.

al acomodarme un poco escuché un quejido bajo mio, derechamente la base de mi inerte nueva extremidad dijo "¡ay!" y eso me llevó a levantarme de un salto, no fue un gran salto, de hecho cabría dentro de la calificación de un 5.3 en cualquier tipo de juego olímpico, inclusive en los panamericanos. De todos modos vi  que una muchacha estaba unida a mi pierna muerta, pero a ella se le veía mucho mejor.

- ¿No recuerdas nada? - Me preguntó

- Nada - respondí mientras veía en ella una mirada ganadora de una partida de strip póker donde la mejor apuesta es salir ambos empatados - ¿Qué sabes tú?

- Sé que me debes quince - Me dijo tratando de poner una pésima cara de póker, de esas que pones cuando tienes una pésima mano pero sintiéndote con la ventaja ya que el contrario no tiene idea de lo que se está jugando.

- No me consta - Le dije mientras buscaba mi pantalón y billetera entre las sábanas de la cama - Quédate con mi pierna si te sirve de pago, además te sienta mejor.

Ella solo me miró como si no entendiera, cosa que me extrañó de sobremanera, principalmente porque yo era quien no recordaba nada y ella por lo menos se acordó de cobrarme, cosa que tampoco le sirvió de mucho porque en mi billetera siempre traía lo justo para el bus de vuelta y para una lata de gaseosa de esas que por el brusco caer de la máquina expendedora te salpican en la cara y tienes que abrirla dándote la espalda simplemente para que sea otro el salpicado. En resumen, mil quinientos pesos que viajaban a muy mal traer dentro de una billetera casi vacía.

 Hallado mi pantalón y mis zapatos me vestí rápidamente, disimuladamente caminé hacia donde creía era el baño y a medio camino corrí a la salida, caminé por un pasillo y aceleré paso por la única ruta que quedaba, bajé las escaleras, cosa que era aproximadamente un cuarto piso, y me abalancé en contra la puerta de vaivén que llevaba el texto "EXIT" por dintel , no es que quisiera luchar con ella, solo la quería cruzar rápidamente para culminar mi poco decoroso escape.

 Abro mi billetera, quería saber si todavía tenía lo que debía, y allí estaba todo, mi cédula de identidad, un boleto del tren subterráneo y los mil quinientos pesos, no podía decir que todo estaba muy bien ahí adentro, si fueran personas los enceres de mi billetera se podría decir que mi cédula estaba "OK", ni bien, ni mal... simplemente "OK", aquel boleto del subterráneo llevaba una tortícolis severa producto del peso por todo lo que le ha tocado vivir, el billete de mil pesos sufría de los embistes de un pésimo día de Yoga. La única feliz ahí dentro era la moneda de quinientos pesos, bailaba de lo lindo al ritmo de mi andar ¿Cómo no iba a estar feliz? ella sabía su destino, se reuniría con sus congéneres pronto y lo haría a través de un tobogán rodeada de luces de neón y nadaría en una piscina rodeada de otras monedas, atendida por las monedas de cien pesos, mientras que las de diez debían esperar su turno en la pileta de los pequeños.

A veces, nosotros somos víctimas de una fuerza invisible que tuerce el destino de manera inimaginable, simplemente por capricho, como si fuera una adolescente que trata de hacerse una trenza por primera vez y luego de ver que no le resulta al quinto intento se deja una cola de caballo algo chueca pero que trata de auto convencerse de que impondrá moda. Esta fuerza, que algunos llaman Karma, otros la denominan Destino, yo sin embargo la llamo José y a veces, cuando entramos en confianza, le digo Pepe. Este día José no estaba de buen ánimo y quería hacérmelo saber de maneras tan poco sutiles como el paso de un camión frente a un charco, pero nunca tan evidente como la caída de un piano sobre mi cabeza, quería hacerme cambiar la ruta, perder el bus y toparme con ella; una chica hermosa de cabello corto con una melena morena y loca, ojos pardos, nariz erguida y pómulos curvilíneos, labios gruesos y un cuello fino que daba pie al resto de una anatomía perfecta. Mientras ella estaba sumida en un libro de cubierta colorida y blanda, yo estaba sumido en el embobamiento de apreciarla y bueno, todo el mundo sabe lo que ocurre en las narraciones cómicas donde dos entes distraídos caminan en sentidos opuestos por una misma acera, o pasan  el uno junto al otro sin notar sus existencias o derechamente chocan dejando a los protagonistas en segundo plano y nos enfocamos en papeles volando por el cielo mostrando lo duro que fue el golpe. Ocurrió lo segundo.

- Otra vez tú - Me dijo con una sonrisa que cualquier comercial de dentífrico se quisiera - Muchas gracias por el libro.

- De nada - contesté con un tartamudeo evidente - ¿Cómo era tu nombre?

- Eres un tonto - murmuró entre una sonrisa vergonzosa - ¿Cómo me preguntas eso? Ven, te invito un helado.

Ella era la segunda chica me que conocía sin que yo la recordara, pero me sentía a gusto con ella. Leía una novela de ciencia ficción, su bella figura estaba cubierta con una blusa verde clara y un pantalón de mezclilla ajustado, un cinturón de tela que usaba derechamente como adorno porque lo llevaba tan suelto que colgaba, unas botas con cremallera y cordones, y sobre sus oídos unos audífonos grandes con una calavera dibujada sobre cada auricular, no venía escuchando música, solo quería ignorar al mundo.

- ¿Qué te pasa? - preguntó al notarme preocupado.

- No recuerdo nada de lo que ha pasado desde anoche, desperté desnudo en una cama que no era la mia, desnudo, al lado de una desconocida con intenciones de cobrarme por un servicio poco decoroso, no me falta nada y luego tú que - intenté decirle lo bella que la percibía pero un nudo en mi alma me intervino - que tampoco te recuerdo. Has sido la primera persona amable en todo el día.

- Yo soy Claudia, Claudia Morales, a ver, tengo veintisiete años y nos conocimos ayer en este mismo café, me invitaste ayer un helado y luego de conversar un rato te fuiste, olvidaste tu libro y cuando te lo quise devolver me dijiste que ya lo habías terminado y me lo regalabas.

Eso para mi fue un alivio enorme, alguien que me conociera y que no tuviera problemas en contarme lo que por lo menos había pasado con ella. Claudia Morales, sonaba tan normal que no pareciera salir de un libro online escrito en un blog, no buscaba ser un nombre pretencioso y mucho menos memorable para las futuras generaciones. ¿Cuantas Claudias Morales podría haber en este mundo? Miles o tal vez millones, pero ninguna como esa que me te tenía embobado de esta forma.

- Toma - me dijo entregándome un celular - Acabo de comprarme uno nuevo, así que te regalo el viejo, así yo te podré ubicar.

- ¿Y si yo te quiero ubicar? - Pregunté - ¿Y si alguien te quiere ubicar en el número viejo?

- Este teléfono lo tenía solo para gente especial, y no tenía a nadie especial, ahora tengo a un loco sin memoria que regala libros, necesito tenerlo en un número exclusivo. Yo te llamo y así tú me llamas.